Entrevistamos a Daniel Montero Galán (Madrid, 1981) con motivo de la publicación de «La casa de Bernarda Alba» en Alma Clásicos Ilustrados. Fascinado por las formas geométricas, los teselados y las paletas limitadas de colores arriesgados, el ilustrador madrileño firma así su tercera aproximación al universo de Federico García Lorca para el sello, después de «Romancero gitano» y «Poeta en Nueva York».
En «La casa de Bernarda Alba», el luto impuesto por Bernarda convierte el hogar familiar en un espacio de encierro, vigilancia y deseo contenido. Traducir esa asfixia al lenguaje visual exigía encontrar símbolos capaces de condensar el control y la angustia sin perder la raíz rural de la Granada de los años treinta.
Montero Galán construye esa atmósfera a través de la arquitectura, las proporciones y una paleta de tonos tierra que dialoga deliberadamente con «Romancero gitano». En sus imágenes, la casa deja de ser un simple escenario para confundirse con su dueña: «Bernarda es la casa y la casa es Bernarda». Charlamos con él sobre el peso de ilustrar a Lorca y su proceso creativo que empieza buscando ideas en la calle.
Como tú mismo dices, has tenido «el placer y la responsabilidad» de ilustrar tres obras fundamentales de Lorca: «Romancero gitano», «Poeta en Nueva York» y ahora «La casa de Bernarda Alba». ¿Cómo afrontas este tercer título después de la buena acogida de los anteriores?
El placer es proporcional a la responsabilidad a la hora de ilustrar a un autor con la relevancia de Lorca. Aunque ya no me siento tan perdido como cuando realicé las imágenes de «Romancero gitano», que fue la primera vez que ilustré a Lorca, el compromiso sigue siendo gigantesco. La obra de Lorca es una gran carga, pues, además de su propio peso, acarrea todas las adaptaciones que se han hecho de ella. Todos tenemos un montón de referencias asociadas a cada una de sus obras grabadas en la retina; es difícil limpiar la mirada y verlas desde nuevos enfoques. Ahora estoy más cómodo metiéndome en la cabeza de Lorca: es un lugar que ya he explorado, pero el peso de su obra es cada vez mayor. Ahora, además de distinguirme del resto de creadores que lo han interpretado, también tengo que intentar no repetirme.
«La casa de Bernarda Alba» es un texto muy distinto a los poemarios: más asfixiante, en prosa y con una carga dramática muy intensa. ¿Qué fue lo primero que te vino a la cabeza cuando empezaste a pensar en cómo ilustrarla? ¿Qué símbolos te han servido para condensar esa tensión emocional?
Me gusta trabajar con imágenes asociativas, buscar símbolos que se identifiquen con las esencias y que, a su vez, formen parte del contexto y de la época que representan. En este caso, busqué cómo simbolizar la claustrofobia, el control, la toxicidad y la angustia con elementos rurales de la Granada de los años treinta.
En esta obra vuelve a aparecer una paleta cromática muy «terrestre», cercana a la de «Romancero gitano». ¿Fue una decisión consciente establecer ese diálogo visual entre ambos libros?
Bien visto. Sí, la similitud cromática fue intencionada. Los poemas de «Romancero gitano» y esta obra conviven en esa España rural y profunda, llena de ataduras y pasiones desbocadas, de amores prohibidos y del miedo al qué dirán.
En tus ilustraciones es muy reconocible el juego con la arquitectura, las proporciones y los espacios geométricos. En una obra donde la casa funciona casi como un personaje más, ¿cómo trabajaste visualmente esa sensación de encierro y control?
Bernarda es la casa y la casa es Bernarda. Ambas se fusionan: sus ojos son ventanas; su corazón, una puerta cerrada. Siguiendo esa idea, ¿en qué se parecen, si es que se parecen, un ilustrador y un poeta? ¿Dónde sientes que se tocan ambos lenguajes? Ambas disciplinas juegan con las mismas cartas: intentan contar lo que no se puede decir y mostrar lo invisible por medio de figuras retóricas.
De los tres títulos de Lorca que has ilustrado, ¿cuál te ha resultado más complejo de traducir visualmente y por qué?
El más complicado, sin duda, ha sido «Poeta en Nueva York». Intentar galopar esos versos desbocados, cargados de surrealismo, o dejarme llevar por ellos para atrapar su esencia y encontrar después la manera de traducirlos y contarlos con mi propia voz fue extenuante, hasta que encontré un punto de partida y una manera de enfocarlo desde otro prisma.
Para ello, lo abordé de la siguiente manera: fui ubicando cada uno de los poemas en un mapa y creé un «poemapario» que aparece en las últimas páginas del libro. Así, cada una de las ilustraciones es una cartografía emotiva que intenta seguir los pasos que dio Lorca por las calles de Nueva York.
Cada sección del poemario está introducida por una portadilla ilustrada que actúa como un mapa emocional de Lorca. Estas cartografías están compuestas por varios elementos que, por separado, ilustran cada uno de los poemas.
El azul captura los lugares físicos descritos por Lorca, mientras que el rojo evoca las ensoñaciones del poeta.
El proceso creativo suele estar rodeado de cierto misterio. Algunos lo imaginamos como un tablero policial lleno de referencias y conexiones; otros, como un espacio de juego. ¿Cómo es el tuyo? ¿Tienes alguna manía confesable?
Sé que las ideas no vienen por sí solas cuando a mí me apetece, así que salgo a buscarlas a la calle. La recolección de anotaciones comienza de manera errática: apunto todo lo que se me pasa por la cabeza, aunque a priori no tenga relación con lo que he de representar. Llego a casa con un montón de borrones, pintarrajos y garabatos y, poco a poco, trato de ordenar esas líneas confusas, agarrando el hilo que me guíe en cada proyecto.
¿Tienes algún consejo para quienes estén comenzando en la ilustración?
Que traten de disfrutar de todas las etapas, manteniendo sus principios hasta el final. Y que intenten ser auténticos: IA para hoy, hambre para mañana.






